BARBOUR

Historia de La Tintorería 1900 - 1936

LOS COLORANTES ARTIFICIALES, O EL FIN DE UN ARTE MILENARIO

Tal como relatamos en la primera parte de esta serie, el siglo XIX, concluye con una autentica revolución para un arte que se había venido transmitiendo de padres a hijos, y de generación en generación durante miles de años.
Como en tantos otros sectores de la artesanía y la industria, los efectos de la “Revolución Industrial”, va a dejar una profunda huella que va a transformar la esencia propia y más íntima del oficio. Los descubrimientos de la química, que en un principio fueron acogidos como un notable avance, fruto de la modernidad, muy pronto se van a convertir en el fenómeno más adverso de todos los devatares por los cuales fue transcurriendo el Arte de la Tintorería desde los tiempos más remotos de las primeras civilizaciones.


Hasta este momento, el tintorero, se había constituido como un maestro, portador de los más ancestrales secretos de sus formulas colorantes, y al mismo tiempo descubridor empírico de un sinfín de materias colorantes, que él mismo iba tomando de la naturaleza, y que guardaba celosamente en sus clanes familiares, y gremios.
A partir de ahora, ya nada iba a ser igual, la química pasaría una solapada factura, que el tintorero acabaría pagando muy cara.
La multitud de fábricas de la incipiente industria química que empezó a proliferar por toda Europa, pronto empezaran a facilitar al maestro tintorero, un sinfín de colorantes artificiales, que le van ha hacer su trabajo más cómodo, más rápido, más productivo, directo, y sin secretos.
La facilidad con que los colorantes artificiales permiten un proceso industrial del teñido, provocará una desviación de los canales
tradicionales del teñido de prendas, hacia una nuevo tipo de empresas que empleando grandes procesos industriales, retraerán de los talleres artesanos de tintorería un gran volumen de prendas con sus nefastas consecuencias.
Asimismo, las grandes fabricas textiles que surgieron en la Catalunya del siglo XIX, y que representaron el pilar de la industria catalana, ya no precisaran de la intervención del tintorero para dar color a las telas ya confeccionadas, sino que empezarán a emplear hilos de colores teñidos previamente por el propio fabricante del hilo.
Es en este momento cuando el tintorero pierde el dominio y control del proceso de coloreado de las fibras textiles, que durante tantos siglos había ostentado, y se ve sometido o toda una serie de frentes y presiones que le van a obligar a reconducir su actividad, para poder continuar con empresas en muchos casos centenarias.
Todo este proceso se ve agravado por la aparición en el mercado, de las primeras bolsitas de tinte directo para su empleo casero, lo que va mermando poco a poco las prendas usadas que las familias llevan al teñidor o tintorero.
Al mismo tiempo, todo este proceso de revolución química, viene acompañado de una imparable revolución industrial en la maquinaria empleada. Las ollas, barreños y cubas de bronce durante tanto tiempo utilizadas, pronto dejarán paso a las primeras y rudimentarias máquinas eléctricas, que implicarán un notable incremento de la capacidad productiva de los talleres, y la aparición de nuevos empresas de tintorería, que sin contar con ninguna tradición anterior, aprovechan los avances técnicos que facilitan el oficio, hecho este, que agravará aún mas la situación del sector.

 

 

EL LAVADO A SECO: LA PRIMERA RECONVERSION

 

Si bien durante la primera quincena del siglo, la principal función del tintorero, era precisamente esa, la que da nombre a su oficio, el teñido de prendas nuevas y usadas, paulatinamente y a consecuencia de las circunstancias anteriormente descritas, su actividad se va transformando en busca de nuevos cauces y facetas de su trabajo que le permitan continuar con sus empresas y quehacer diario.
El tintorero, buen conocedor en el uso y empleo de materiales químicos, pronto verá compensado el traspiés que supuso la aparición de los colorantes artificiales y la maquinaria industrial, por una nueva faceta hasta entonces postergada.
Hasta el momento el lavado de prendas usadas se efectuaba casi exclusivamente con agua, tanto en el mercado domestico como en el industrial. Ello conllevaba una serie de inconvenientes tanto de tipo higiénico como sanitario, que los jabones y productos empleados en la época no podían resolver.
El tintorero, lavaba las prendas que podían deteriorarse en el lavado en agua, con un procedimiento manual, mediante el empleo de sosas, que a pesar de lo dificultoso e insalubre del proceso, no garantizaba plenamente la desinfección de las prendas, en una época en que debido al precario estado de la medicina con la inexistencia de antibióticos, las infecciones y epidemias en la población eran frecuentes.
Esto constituyo el principal catalizador para la aparición del “Lavado Químico” el cual sí garantizaba unas condiciones más estrictas de higiene y desinfección de las prendas mediante el empleo de disolventes que tuviesen propiedades desinfectantes. El primer procedimiento de lavado químico fué inventado por  el francés  Queylar en la segunda mitad del siglo XIX,  utilizando el sulfuro de carbono como disolvente eneérgico de las grasas, para lo cual introducía las prendas a lavar en recipientes  herméticos con forma de cajas prismáticas sometidas a un movimiento alternativo muy rápido; pero este procedimiento no obtubo éxito apreciable, debido a la inflamabilidad del sulfuro de carbono y a los peligros de explosión.  Este método fué introducido en Alemania donde recibió diversas modificaciones y perfeccionamientos.

En los inicios del siglo XX se introduce  la bencina como disolvente de lavado. El empleo de dicho disolventes se vio favorecido por la aparición de las primeras máquinas mecánicas de bombo horizontal.
El disolvente que más rápidamente se generalizó, fue el Benzol, producto inflamable que si bien reunía buenas propiedades para la limpieza, su empleo era sumamente arriesgado por el alto riesgo de explosiones, que se cobraron la vida de muchos tintoreros.
Es este tipo de lavado, el que para diferenciarlo de lavado tradicional en agua, pasó a denominarse como “Lavado a Seco”.
El procedimiento era muy simple, y consistía en el remojo en maquinas de bombo, de las prendas en el disolvente, el cual después de ser reutilizado en sucesivos lavados, se filtraba para su limpieza en las llamadas clarificadoras, que tal como indica su nombre, lo que se producía era un clareado del disolvente para una posterior reutilización.
La generalización de los procesos de Lavado a Seco en los talleres de tintorería se produce de los años 15 al 18 del siglo.
Las dificultades en el empleo del Benzol, pronto darán paso al empleo de otros disolventes menos peligrosos. Uno de los primeros disolventes alternativos fue el Tricloretano, que si bien resolvía los problemas de inflamabilidad del benzol, no estaba exento de otro tipo de inconvenientes, como eran su toxicidad, y la agresividad que mostraba ante cierto tipo de textiles.
No obstante, su aparición representó un notable avance en la consolidación del Lavado a seco.

Posteriormente, y ya hacia los años treinta, se empieza a utilizar, importado de los Estados Unidos, una nueva serie de disolventes, también derivados de los hidrocarburos, pero menos agresivos que el Tricloretano, y con un menor riesgo de explosiones.
Entre ellos, se hizo muy popular la marca “Withe Spirit”, que rápidamente se emplearía masivamente en todos los talleres, y que se ha venido empleando hasta hace relativamente muy pocos años, sobretodo por su idoneidad en el tratamiento y limpieza de prendas de piel
Con la nueva faceta añadida a las tareas del tintorero tradicional, aparece el apelativo de Tintorero Quitamanchas, debido a su especialidad en la limpieza y más concretamente en sacar las manchas que las lavanderas no podían quitar mediante el lavado acuoso.
Con la nueva profesión, aparecieron las correspondientes tarifas del servicio, y con estas, la inevitable guerra de precios.
Fueron ingentes los esfuerzos que desarrollaron tanto la Unión de Tintoreros de Ropas Usadas de Barcelona, cono la Federación Nacional, para conseguir unos acuerdos de tarifas mínimas que evitaran la debacle del sector y mantuvieran la dignidad profesional