La soledad del tintorero o el grupo de Telegram

Tradicionalmente y a pesar del esfuerzo de los gremios y asociaciones, las tintorerias y lavanderías han sido como islas en un oceano. Aisladas unas de las otras, casi sin un dialogo verdadero y sinérgico, hemos sido autónomos en el más árido de los aspectos, el de la soledad.

Pero desde hace algo más de un año, un buen número de tintorerías y lavanderías nos hemos reunido en un grupo de Telegram. No es ni el primero ni el último grupo de profesionales de un determinado sector que crean un grupo de chat en las redes. Pero no creo equivocarme si digo que al menos  en nuestro caso y en España, sí es una novedad.

Disponemos pues de una herramienta sencilla y eficaz que nos permite poder estar en contacto con otros colegas. El asunto no es menor, pero, tras un año ¿Seremos capaces de darle una vuelta de tuerca y sacarle más partido a este encuentro? 


Tenía ocho años cuando por culpa de una malvada maestra, cayó en mis manos una novela que leería unas cuantas veces más durante mi infancia. La novela, publicada en Londres en 1719, fue un éxito desde su salida al mercado. Robinson Crusoe apasionó a unas cuantas generaciones de niños y no tan niños.

El libro cuenta la historia de un aventurero desde que se va de la casa de sus padres, hasta que años después, acaba naufragando en una isla desierta en la que llega a pasar 28 años.

En todo ese tiempo y no sin esfuerzo, Robinson logra sobrevivir e ir poco a poco mejorando su calidad de vida a base de tesón y de trabajo, y de no desfallecer. Finalmente es rescatado logrando así volver a la civilización.

La novela, entre otras cosas, es un canto a la capacidad del ser humano para superarse ante la adversidad.

La historia del náufrago incansable me apasionaba. Y ahora me doy cuenta que cada vez que releía la novela, en realidad buscaba de alguna forma reafirmar la idea de que, si nos esforzamos, si actuamos con decisión y confianza en nuestras capacidades, podremos salir victoriosos hasta de una situación tan extrema como la de Robinson Crusoe.

Lucha y llegarás a donde te propongas. Sólo depende de ti. En los 60 y en los 70 se nos educaba así. Esfuérzate lo suficiente y podrás llegar tan lejos como quieras. Los límites los marcas tu mismo.

Mi familia era otro buen ejemplo de ello. Mis abuelos maternos, mis padres, todos han sido auténticos representantes de los hombres y mujeres hechos a sí mismos. Emigrantes (migrantes se llaman ahora) que empezaron sin nada y que lograron prosperar en situaciones que hoy en día nos superarían a la mayoría de nosotros.

Un día la malvada maestra me castigó por hablar en clase. ¿El castigo? Copiar en casa la página de un libro y presentarle el escrito al día siguiente (sí, el libro era Robinson Crusoe, pero eso ahora no importa). Yo estaba seguro de mi inocencia y decidí no cumplir el superinjusto castigo. Al día siguiente la maestra me dijo sonriendo con maldad: -¿ah no lo has hecho?, mañana copia dos páginas.

Al cabo de varios días de orgullo y cabezonería, el número de páginas acumuladas se me antojaba imposible de copiar. Ya no importaba si era inocente o si no lo era, al día siguiente me llevarían a Dirección si no presentaba las 400.000 páginas requeridas por la odiosa maestra. No había copiado ni una y me veía incapaz de afrontarlo. Debatiéndome entre el orgullo y el miedo, no dije nada en casa. Pero esa noche mis padres me encontraron llorando en la cama. El orgullo se me había terminado, y lleno de vergüenza les conté lo ocurrido, un auténtico drama sin solución. El fin del mundo.

Mi padre me dijo que no me preocupase, que durmiera tranquilo, él comenzaba su jornada laboral cada día a las 5 de la mañana, nos levantaríamos juntos y juntos iríamos al taller, allí podría copiar esas páginas. En esas tres horas que había hasta las 8, podría copiar muchas. Y si no podía acabarlas todas no importaba, tan solo tenía de decirle a la maestra que al día siguiente le llevaría el resto.

De ese día recuerdo que aprendí que es duro madrugar, pero que a esas horas se está muy despejado y se rinde mucho. Aprendí que mi padre era más sabio de lo que yo creía. Ese día también empecé a darme cuenta del esfuerzo que mi familia hacía cada día, tantas horas, tanto trabajo. No era necesario naufragar en una isla desierta para ser un Robinson. Uno podía superarse y mejorar su vida sin salir del barrio. Ese día aprendí algo sobre el esfuerzo personal.

Nunca le agradecí a la maestra (que al final resultó no ser tan maligna), que me presentara a Daniel Defoe. ¡Gracias Señorita Sonia!

Años después supe que Robinson Crusoe existió realmente. Se llamaba Alexander Selkirk y era escocés. No estuvo 28 años en una isla desierta sino tan solo cuatro. (Hoy esa isla se llama precisamente isla de Robinson Crusoe y pertenece a Chile).

Alexander no naufragó, fue abandonado en la isla en 1704 y rescatado en 1709. Tras cuatro años en soledad, el duro marino estaba al límite de la condición humana. Sobrevivió en circunstancias extremas, comió raíces, cazó cabras, fabricó herramientas, cabañas, ropa, pero tras tan solo cuatro años de aislamiento se encontraba al borde de la locura.

Defoe relata los miedos que vive su Robinson, sus angustias, sus pesares, que son los mismos que soportó Alexander. Pero Alexander no disfrutó de la soberbia romántica de convertirse en amo y señor del territorio que dominaba. Robinson se convirtió en un rey absoluto aunque solitario. Alexander no. En tan solo cuatro años casi olvidó su propio idioma. Al parecer, la soledad de verdad, no resulta tan estupenda.

La soledad es la circunstancia de estar solos, de carecer de compañía, bien por no tenerla o por haberla perdido. Es un sentimiento muy amplio y puede afectarnos de muchas maneras. Al fin y al cabo somos seres sociales. Sentir que formamos parte de una comunidad nos ayuda emocional y físicamente. Nos ayuda a prosperar y a sentirnos mejor.

Pero la soledad es subjetiva, ya que depende de la percepción que tenemos sobre nuestra relación con los demás. Podemos, por ejemplo, sentirnos solos en medio de una multitud.

Mi yo de ocho años aprendió mucho el día del castigo escolar, aprendió que con calma y esfuerzo se puede superar casi todo. Sin embargo, en ese momento no entendí que sin mi padre, no habría logrado nada. No superé la situación solo, sin ayuda. Necesité de otros. Esa lección aun tardé años en aprenderla.

Nunca he temido a la soledad. Quizás por inconsciencia o tal vez por soberbia. Me gusta creer que es porque, como hiperactivo que soy nunca me aburro. Vamos, que siempre estoy pensando, inventando, diseñando, construyendo,… Que no me llegan las horas del día, que no me llega una sola vida para acabar todo lo que tengo por hacer. Que hasta estando solo, me encuentro acompañado.

Pero cuando lo pienso en serio, me doy cuenta que muchas veces, la mayoría, necesito de los demás para llevar a cabo esos proyectos, para aprender, para mejorar. A veces es a la familia, otras a los amigos, en ocasiones a los compañeros de trabajo o incluso a los vecinos, simplemente los necesito.

Lo mejor de nosotros siempre lo damos en trabajos colectivos. Cuando trabajamos en grupo 2 + 2 es mucho más de 4. El todo es más que la suma de las partes. A eso se le llama sinergia y lo estudia la Física, y para que se dé, tiene que existir integración, afinidad entre las partes. Deben de unirse las energías logrando así el aparente milagro   2 + 2 > 4

Hay quien nace conde o marqués. Hay quien nace guapo, bajito, rubio o hasta del Elche Club de Futbol. Yo nací tintorero. No tuve opción. De mayor podría ser futbolista, financiero, maestro de escuela o sexador de pollos, pero de momento había nacido tintorero. El cajón de las perchas era mi barco pirata, la pila de las alfombras mi isla desierta y jugando al escondite no había mejor lugar para esconderse que el cesto de la ropa sucia.

Aún hoy, cuando entro en una tintorería ajena, tengo que pensar en no pasar al otro lado del mostrador, porque si me distraigo, paso sin darme cuenta ni pedir permiso. Así de cómodo me encuentro en cualquier tintorería.

Hace muchos años ya, que descubrí que mi momento preferido del día era cuando con el fresco, bien temprano, llegaba ante la puerta de la tienda y me agachaba a levantar la vieja y pesada persiana. ¡Cuánta ilusión! Era como ser un poco Robinson enfrentándose a una nueva jornada. Decidiendo cada acción y siendo dueño de su destino. De mi destino.

Pero esa sensación se fue desvaneciendo. He asistido a asambleas en el gremio, a cursos de formación, a ferias del sector, a reuniones con colegas; y me he divertido, cabreado, aburrido, asombrado… pero he levantado tantas veces la persiana y los tiempos han venido tan y tan extraños, que ya no voy a ferias, ni a cursos. Apenas veo a los colegas. Como tintorero ya no me siento Robinson sino Alexander, el marino abandonado.

Hasta hace un año.

Hace un año, encontré a otros náufragos. Tintoreros solitarios en sus islas con olor a Per en lugar de sal, que se reunieron buscando no sé qué en un grupo de Telegram.

Fue como dar una palmada en una playa en la que cientos de aves marinas caminan con sus picos enterrados en la arena húmeda. Cada una busca su comida. Pero ante el ruido, todas levantan la cabeza y miran alrededor. Y en ese momento, justo antes de emprender juntas el vuelo, toman conciencia de sí mismas, no de su individualidad, conciencia de grupo.

Josep dio una palmada y todos nos miramos, parecidos, afines, con nuestras diferencias claro, pero con nuestras similitudes que son muchas.Y nos reconocimos como grupo.

Los tintoreros siempre hemos tenido gremios y asociaciones que han cumplido y cumplen su función. Pero estos tiempos nos han dado además una herramienta poderosísima. Las redes sociales.

Las redes sociales tienen tanto de malo como de bueno. Todo dependerá del uso que le sepamos dar.

La inmediatez, la sencillez, la interacción, la conectividad, la masividad y todas las características que las redes tienen, han de ser nuestros aliados.

Recién hemos comenzado a darnos cuenta. Tan solo hemos charlado en un grupo de chat, pero yo al menos, no paso un día sin leerlo. Sin mirar a ver que cuentan los colegas. A veces solo miro. A veces suelto la mía también. Da lo mismo. Todo ayuda.

Siempre supe que había más islas y más náufragos. Pero esta vez he sabido reconocer a la primera, la sinergia latente. Que este encuentro, aún en un chat, puede sumar mucho más de cuatro.

La novela de Defoe habría sido una birria si Robinson Crusoe hubiese tenido Telegram. Pero ¿qué habría dado Alexander, el solitario de verdad, por tener un medio de comunicación como el que nos ha reunido a nosotros?

¡Pues nosotros lo tenemos!

No sé a dónde nos llevará esta historia que comenzó hace un año. Si sacaremos o no adelante lo de la digitalización y lo que venga después. Lo que sé, es que desde hace meses, el tintorero que se siente solo es porque no nos conoce, o porque quiere.

 

BARBOUR

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