La desmemoria y la identidad de la tintoreria

Dice el neurobiólogo Fabricio Ballarini que somos lo que recordamos ser. ¿Qué somos entonces los tintoreros? ¿Conocemos nuestra historia? 

El 16 de febrero de 2021, encontré una pauta en las palabras de un colega del grupo de Telegram, un recuerdo común, un ladrillo de identidad. ¿Cómo está de salud la identidad de la tintorería?


Decían los griegos que en el Hades existía un río llamado Lethes. Beber de sus aguas era como formatearte el cerebro, ya que olvidabas todo. De ese río bebían las almas antes de reencarnarse para no recordar sus vidas pasadas.

Cada verano que pasábamos por Xinzo camino de Allariz, mi abuelo me contaba que, cuando los romanos llegaron a Galicia las legiones no se atrevieron a cruzar el rio Limia. Por lo visto existía la creencia de que se trataba del legendario rio Lethes, y que si lo cruzabas olvidabas tu identidad y tu patria.

Contaba mi abuelo que entonces, el general que mandaba esa legión, cruzó el río montado en su caballo y llevando el estandarte con el águila romana y, desde la otra orilla, comenzó a llamar a sus hombres uno a uno y por sus nombres.

Los legionarios, al comprobar que su general podía recordar los nombres de todos ellos, cruzaron el río y así avanzaron hasta la costa atlántica donde vieron asombrados como el sol se hundía en el océano sin fin. Atravesar el río Limia fue el inicio de la caída de los últimos reductos gallaécicos.

Durante años creí que esa historia era un cuento inventado por mi abuelo, pero luego supe que efectivamente ese hecho había ocurrido en el 138 a.C. y que el general romano se llamaba Décimo Junio Bruto Galaico. Son varios los autores clásicos que así lo relatan, y cuentan además que al otro lado del río se encontraban los Campos Elíseos, una especie de paraíso que formaba parte del Hades, al que solo se podía acceder si primero habías perdido tus recuerdos para siempre.

Hoy estoy acompañando a mi padre en su visita médica. Tiene alzhéimer. Hace tres años que lo sabemos.

Hoy me he dado cuenta de que no me entristece verlo olvidar. Al fin y al cabo, todos olvidamos. Todos los días. A cada momento. Constantemente. Dentro de un rato no recordaré el color de la camisa del médico, y ya no recuerdo el nombre del taxista que nos trajo al hospital. Vivimos olvidando. Dentro de una semana no sabré qué he comido hoy, y dentro de dos años no recordaré qué le he regalado hace dos días a mi hija por su cumpleaños.

No me entristece verlo olvidar, me entristece que deje de ser él, que deje de saber quién ha sido, que no recuerde qué ha sido.

Perder la memoria no es solamente olvidar lo que aún no habíamos olvidado. Perder la memoria es perder la identidad. En la memoria están las referencias, las emociones, los saberes, está todo lo que somos. Memoria e identidad son pues, causa y efecto, y cuando la pierdes, dejas de ser tú. Dejas de ser.

Las almas griegas desmemoriadas podían tomar una nueva identidad porque no sabían quiénes habían sido antes. Perder sus identidades era el temor de los legionarios de Décimo Junio Bruto. Dejar de ser él mismo es el destino irremediable de mi padre. Perder la identidad es la muerte.

Hace unos días el compañero Juan Marquez de tintorería Mónica en su interesante intervención en el grupo de Telegram y en el artículo titulado “El mantenimiento de la máquina de limpieza en seco”, comentó que después de limpiar los depósitos de perc, “colocamos un trozo de mármol blanco y cerramos [la trampilla de acceso]”.

Fue leer lo del mármol blanco y automáticamente me acordé de mi padre colocando un trozo de mármol en la máquina de seco. Yo he dejado de hacerlo hace años, pero conservo el recuerdo. Fue agradable recordarlo y además me sentí más cerca de Juan, al que no conozco.

Me puse entonces a pensar en los gestos, en las acciones, en los conocimientos que nos marcan lo que somos. En este caso lo que somos como colectivo, no como individuo.

Como colectivo de tintoreros tenemos una identidad, somos la Tintorería, esa es nuestra identidad colectiva.

La siguiente pregunta resulta obvia: si tenemos identidad colectiva, ¿tenemos también memoria colectiva?

Claro que sí. Las palabras de Juan se transformaron en imágenes en mis propios recuerdos. Y todo ello a pesar de no conocernos y de vivir a 1000km de distancia. Tenemos recuerdos similares porque tenemos experiencias similares.

Es lógico pensar que la memoria colectiva radica no solo en los recuerdos que compartimos los tintoreros, sino también en aquellos que siendo de cada uno de nosotros, tienen un recuerdo similar o equivalente en los demás miembros del grupo.

Pero las memorias colectivas, lo mismo que las individuales, no son estructuras estables ni inmóviles. Al contrario, varían con el tiempo, son dinámicas y volátiles.

Nunca leemos el mismo libro, porque cuando lo leemos por segunda vez ya no somos la misma persona. Nuestros recuerdos han cambiado con el paso del tiempo porque hemos vivido nuevas aventuras. Por ello, si ha transcurrido el tiempo suficiente, la segunda lectura será siempre una experiencia totalmente distinta.

Con la memoria colectiva ocurre algo similar. Es dinámica, con el tiempo va cambiando. Y aunque siempre es necesario mantener ciertos imaginarios, ciertas representaciones comunes que permitan conservar la idea de colectivo, en cada momento, en cada época, tendremos una memoria colectiva distinta.

¿Y es volátil? ¿Podemos llegar a perder la memoria colectiva? ¡Naturalmente qué podemos! 

Como los romanos, podemos encontrarnos con un problema externo al colectivo. Un río Lethes quizás en forma de crisis económica, o ¿por qué no? de pandemia. La memoria individual suele alterarse en situaciones de crisis o de emergencia, y la memoria colectiva también. Nuestras experiencias y recuerdos, nuestra propia conciencia de grupo pueden verse afectados por las situaciones personales provocadas por las crisis.

Podemos también perder la memoria colectiva por un problema propio del sector, una especie de alzhéimer. Podemos sufrir quizas una discontinuidad o ruptura generacional (nuestros hijos no continuan el oficio y no tenemos a quien confiar nuestro legado). O puede darse una disgregación del sector (dejamos de agremiarnos, de asociarnos, dejamos de ser un grupo con una identidad para convertirnos tan solo en un grupo de personas aisladas que realizan el mismo oficio).

Podemos incluso, fruto de los tiempos extraños que vivimos y al igual que las almas del Hades griego, olvidar nuestra identidad y después, renacer con otra identidad nueva y ajena. Peor que sufrir la desmemoria es vivir con una memoria impropia y recordar una historia mal construida.

Como colectivo somos susceptibles de caer en la desmemoria. De perder nuestra identidad. Pero es la identidad la que nos permite apreciar y respetar lo que somos. La que nos hace aceptarnos a nosotros mismos. Tal es la importancia de conservar nuestra identidad.

Por suerte tenemos herramientas que nos permiten conservar nuestra identidad de grupo. Los gremios lo son, y las asociaciones, y ¿por qué no? el grupo de Telegram también lo es.

Cada vez que uno de nosotros comparte con el grupo sus experiencias, sus recuerdos o sus inquietudes, está fijando nuestra identidad. Tan solo tenemos que ser conscientes de ello. Y si creemos que es importante conservarla para reconocernos como colectivo, hagámoslo.

En realidad se trata tan solo de no dejar de caminar juntos.

Al fin y al cabo, caminando juntos, las legiones cruzaron el Lethes y llegaron hasta el fin del mundo, al Finis Terrae, al Ara Solis, al Hades.

Y dos mil años después y conociendo la familiaridad con la que los gallegos se manejan con los asuntos del más allá, no dejo de preguntarme: ¿Hablan los gallegos con sus muertos porque allí empieza el Hades, o el Hades empieza allí porque los gallegos hablan con sus muertos?

Ese sí que es un misterio identitario.

 

BARBOUR

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