BARBOUR

Historia de la Tintorería hasta 1900

Origen de la Tintorería en el Imperio Romano

Posiblemente el trabajo más importante en la industria de la confección romana era el de los encargados de su limpieza, o el de las tintorerías ("fullonicae" en latín). Las tintorerías servían a ciudades enteras, en ellas se hacían tintes, se lavaba y secaba ropa de todo tipo. Las tintorerías (fullonicae), como comprobado en las ruinas de Pompeya, eran a menudo más grandes que otros tipos de negocios, a fin de acomodar el gran equipo necesario, así como atender al gran número de clientes cotidianos. Este tipo de negocio también requería un alto numero de empleados y probablemente que el dueño era uno de los patrones más importantes de la ciudad.

La típica fullonica necesitaba tanques para el lavado, los tintes y el aclarado de la ropa, así como espacio para secar y planchar. La ropa generalmente se lavaba en orina humana o de animales (caballo, camello, …), que era recolectada de los servicios públicos (letrinas) de la ciudad, de vasijas que se encontraban en las esquinas de las calles para que la gente utilizara para aliviar sus necesidades y también posiblemente importada de zonas periféricas. Los “fullones” pisaban y machacaban con los pies la ropa que yacía en las vasijas de lavado con una mezcla de agua y orina. También se recurría a una mezcla de agua y un tipo de tierra o posiblemente arcilla que ayudaba a eliminar los residuos de grasa.

La ropa pasaba a la etapa de secado bajo el sol o al aire libre. Una vez seca la lana era cepillada y cardada con piel de erizo o plantas de la familia de los cardos. La ropa se colocaba entonces en una cesta denominada “viminea cavea” que se colgaba sobre vapores de azufre con el fin de blanquear el tejido. Finalmente se le aplicaba una tierra o arcilla blanca al tejido para blanquearlo aún más. Por ultimo se pasaba por el pressorium (planchado).

Para teñir la ropa, los fullones empleaban pigmentos procedentes de plantas y de algunos tipos de marisco. Después de lavar y teñir la ropa, se aclaraba en tinajones con agua y luego se pasaba al secado. La ropa se colgaba en cuerdas o en estantes en la azotea de la tintorería para secarla al sol. En ciudades con una densa populación, se les permitía a las tintorerías secar un poco de ropa a los lados de la calle.

La Tintorería en la Edad Media

El instinto de imitación humano hizo nacer el arte de la tintorería. El hombre aplicó para colorar los objetos, aquellos productos que la naturaleza podía proporcionarle, como materia colorante, sin gran esfuerzo. Los pueblos más antiguos, como la India, Persia y China, practicaron con maestría, en remotísimos tiempos, el arte de la tintorería, sinviéndose, entre otras materias colorantes, del índigo, rubia, catecú, diversas cochinillas, etc. Los fenicios, pueblo industrioso e industrial, conocieron también dicho arte, y la púrpura de Tiro, es una prueba de lo lejos a que habían sabido llevar los métodos y procedimientos de tintura. Homero, Herodoto, Plinio y Estrabón, en sus obras, hablan del estado de la industria tintórea entre los antiguos egipcios, griegos y romanos, y ponderan sus telas teñidas con bellísimos colores. Los tejidos egipcios que, en profusión asombrosa, se conservan aún de las dinastías anteriores a la era cristiana, prueban que en aquel entonces ya se recurría al empleo de mordientes. Por su parte, los romanos establecieron, distintos métodos de tintura con los que crearon muchos colores; emplearon la rubia en forma de lacas, conocieron el pastel y el índigo y usaban la púrpura extraída de varias especies de animales.
En el siglo V la invasión de los bárbaros del norte extendió tupido velo a todas las artes e industrias y estancó la ciencia, particularmente en Occidente, que quedaron refugiadas en Oriente. Hacia fines del siglo XII reapareció el arte de la tintorería en Italia gracias a las relaciones comerciales que los venecianos y genoveses sostuvieron con los países orientales, creándose gran número de talleres de tintorería en Génova, Florencia y Venecia. Los genoveses fueron los que establecieron las primeras fábricas de alumbre en Europa, entre otras las de Tolfa, que subsisten aún, cuyo producto, por no contener trazas de hierro, conviene para todas las operaciones de tintura en las que aquel metal sería nocivo, al mismo tiempo que su empleo contribuye a aumentar la viveza de los tintes. De éstos se hicieron famosos el carmesí y el negro, de Génova, cuyo proceso de obtención lograron mantenerlo secreto los genoveses hasta mediados del siglo XVIII. Entre los tintoreros célebres de Génova, merece citarse a Paolo de Novi, que fue dux de la República Genovesa en 1507. En la Biblioteca Nacional de Florencia se encuentran manuscritos de principios del siglo XIV en los que figuran recetas para la tintura, y en ellas se habla de la rubia, del pastel, del quermes y otras sustancias tintóreas parecidas. En dicha época, un tintorero florentino apellidado Oricellari, descubrió la orchilla, con la que se obtenían tonos violáceos, y fue tanta la fama que por ello ganó Florencia, que la República florentina le otorgó un título de nobleza. En cambio, las tintorerías venecianas lograron gran nombradía por la tintura de escarlata, que alcanzó entonces el grado máximo de perfección, dando lugar a que se la distinguiera con la denominación de escarlata de Venecia.
A dicha ciudad le cabe la gloria de que hayan visto la luz en ella los primeros libros que tratan del arte de la tintura, pudiéndose citar, al efecto, el libro titulado Maraviglia dell arte dei tintori, publicado en 1429 y reimpreso en 1510, el cual es una recopilación de las operaciones empleadas para teñir. Por él se ve que los tintoreros venecianos, entre otros productos, empleaban el alumbre, vitriolo, agallas, orchilla, quermes, rubia, gualda y el pastel.
Por otra parte, España, gracias a la influencia de los árabes, conoció muy temprano, también, los secretos del arte de la tintorería, que se practicó con maestría (la tintura al rojo escarlata lo prueba), pero sin que se influyera en su progreso. Luego, el descubrimiento del Nuevo Mundo, dio lugar a la importación de nuevas materias tintóreas, como la cochinilla, palo del Brasil, campeche, achiote, etc., con las que el arte de teñir experimentó un nuevo y real impulso. Los antiguos tejidos que se conservan del Imperio de los incas atestiguan el grado de perfección a que habían llegado los indígenas de América en el empleo de plantas tintóreas. Los aztecas se hallaban también a un relativo nivel de perfección en la práctica de la tintura.
Desde Italia irradió el arte de teñir en todo el Continente, y de un modo especial en Alemania, donde las tintorerías de Turingia se hicieron famosas por sus tintes a base del pastel, y a Francia, donde el arte de teñir logró la máxima reputación en el siglo XVI por la tintura de la lana en escarlata, a base de la aplicación de las sales deestaño sobre la cochinilla, descubrimiento éste que hizo célebre al tintorero Gobelin. Este apellido ha sido perpetuado en por los productos que salen de la manufactura de tapices del estado francés, los cuales se les da el nombre de Gobelins, por haberse instalado aquella en el edificio que antes ocupara el reputado tintorero.

En el siglo XVII la teoría de la tintura empezó a ser estudiada científicamente por las corporaciones europeas más doctas en aquel entonces y, de un modo especial por la Academia Francesa y la Real Sociedad de Londres. A últimos de ese siglo, en 1691, un catalán, Phefio

Mayo, publicó un pequeño libro que vio la luz con el título “Remallet de tinturas i breu modo de donarlas a totas robas de llana, telas i fil, ab lo modo de beneficiar alguns ingredients necessaris per los Arts de la Tintura i Parayria”, el cual consistía en una recopilación de recetas de tintura de todas partes de Europa.

En 1710, el alquimista berlinés Diesbach descubrió el azul de Prusia, la única materia mineral azul empleada en tintura, que logró ser aplicada sobre fibra en forma sólida al lavado, gracias a las enseñanzas de Macquer, en 1749. Vanguelin introdujo en 1797 las combinaciones de cromo en tintura. En 1815 se produjo el pardo de manganeso sobre fibra por Hartmann, y en el mismo año el pardo catecú por Kurrer. Hacia el año 1830 se preparó industrialmente el negro campeche sobre cromo. A pesar de esta serie de descubrimientos, la tintorería permaneció aún como arte empírica, hasta que algunos sabios franceses, fundándose en los progresos de la química, establecieron, en los comienzos del siglo XIX, los principios teóricos de la tintura.

 

La Revolución Química: Los colorantes artificiales

Los inmortales descubrimientos de Lavoisier, que crearon la química moderna, permitieron encontrar las verdaderas explicaciones de los fenómenos de la tintura.

El primer colorante artificial fue el ácido pícrico, que se preparaba haciendo hervir índigo en ácido nítrico, el cual, si bien fue descubierto por Woulfe en 1771, no fue hasta 1850 que sirvió por primera vez en la tintura de la seda y de la lana, dando un color amarillo. Vino después la muréxida, preparada por Schlumberger en 1853, que se obtenía calentando el ácido úrico y que daba un color rojo sobre lana y seda y hasta sobre algodón. Mas el impulso mayor que debía recibir el arte de la tintorería fue cuando se inició la época de la creación de los colorantes artificiales derivados del alquitrán, que tuvo comienzo con la malveína, descubierta en 1856, por Perkin.
Hasta entonces la tintorería, que puede decirse no había empleado más que colorantes naturales, se transformó en un grande y racional arte, que tiene principal basamento, firme y científico, en la química orgánica y sintética, a la cual debe, en primer término, el grandioso desarrollo que actualmente ha alcanzado, haciendo figurar la fabricación de colorantes artificiales entre las industrias químicas más importantes, y a la tintorería en el rango de un arte perfecto, emancipado completamente de la rutina y el empirismo, nutriéndose continuamente con nuevos recursos de los laboratorios químicos y de los talleres de construcciones mecánicas, proporcionando aquéllos innumerables colorantes que sin cesar descubren, y procedimientos más fáciles y exactos que sin parar inventan, y éstos suministrando diariamente nuevas e ingeniosas máquinas, que facilitan cada vez más el trabajo, haciéndolo más cómodo, perfecto y económico.

Como ya se ha indicado, en 1856, Perkin, partiendo del principio de la coloración de la anilina con dicromato potásico, encontró una hermosa materia colorante artificial violeta, a la que llamó malveína, la cual fue el primer colorante de la serie, tan numerosa hoy de las materias colorantes artificiales derivadas del alquitrán e hizo abandonar prontamente las violetas con campeche y orchilla sobre lana y seda.

En 1858, Verguin observó que la anilina calentada con bicloruro de estaño producía un hermoso rojo, al cual dio nombre de fucsina.

En 1860 el inglés Medlock encontró un procedimiento mejor para fabricar la fucsina por la acción del ácido arsénico sobre la anilina, al mismo tiempo que los franceses Girard y Saise, por el mismo procedimiento del ácido arsénico, lograban la fucsina cristalizada.

En 1861, Lepetit observó que fundiendo la fucsina con anilina pura y adicionando acetato sódico a la masa en fusión se obtenía un colorante que se disolvía en alcohol con magnífico matiz azul celeste y daba sobre seda un azul verdoso como no se había visto nunca, al cual le dio el nombre de azul de luz, porque conservaba el matiz vivo bajo la ación de la luz artificial.

A fines de 1862 había dos fábricas de materias colorantes en Inglaterra, dos en Francia y dos en Suiza. Las primeras fábricas alemanas se establecieron en 1863. Todas ellas se habían procurado los servicios de una grupo de
químicos jóvenes que, por haber hecho cuidadosos estudios en las universidades, conocían a fondo las teorías químicas modernas y en la naciente industria buscaban todos con febril actividad realizar los espléndidos beneficios que se hablaba en el mundo químico. Favorecidos, además, por una serie compleja de circunstancias, los alemanes se colocaron pronto a la cabeza del movimiento de esta encarnizada caza de nuevas materias colorantes.

Para dar idea del continuo progreso de los colorantes artificiales, diremos que desde 1862 hasta fines del primer cuarto de siglo presente se llevan descubiertos más de 1200 colorantes distintos.

El negro de anilina, hallado por Lightfoot, en 1863, oxidando las sales de ésta y los negros sulfurosos; negro Vidal (1893) y el negro sulfuroso de la Agfa (1897), hicieron una competencia despiadada al campeche. Al realizar Graebe y Liebermann, en 1868, la síntesis de la alizarina, partiendo del antraceno, terminaron con el cultivo de la rubia y con su transformación en granza; el índigo sintético, creado en 1890 por Heumann, Biedermann y Lepetit, hizo retroceder al añil natural. Los colorantes ácidos, cuyos primeros representantes los constituyeron el azul sólido y el pardo fenileno, descubiertos por Caro y Martins, respectivamente, en 1864; los colorantes sustantivos a cuyo grupo dio principio el rojo Congo establecido por Boettiger en 1884; la benzopurpurina (Duesberg 1885); la tartracina (Ziegler, 1885); la rodamina (Ceresole, 1887); la gama de colorantes de alizarina (Behn y Schmidt, 1888); entre otros muchos, fueron poderosos competidores de los demás colorantes naturales. En los últimos decenios han aparecido con preferencia colorantes artificiales sólidos, los cuales, comparados con los poco resistentes de la primera época, representan un progreso tan notable, que bien puede decirse hoy que los colorantes naturales no son más que un recuerdo del pasado.

 

Orígenes de la Tintorería en España

En la antigua ordenación gremial catalana, los tintoreros, constituían dos corporaciones: “els Tintorers de draps o de llana”, cuya agrupación data del siglo XII, y “els Tintorers de seda i teles”, de formación más tardía en el siglo XVII.
“Els Tintorers de draps”, teñían los tejidos de lana, llamados tradicionalmente “draps”. En el conjunto de los oficios de la lana, los tintoreros, gracias a sus conocimientos técnicos, muy especializados y esenciales para la fabricación del tejido, gozaron de una independencia económica, y de una consideración social muy superior a la de los tejedores, y eran de hecho el segundo gremio de la “draperia”.
La importancia de la técnica del tinte, dio lugar a la promulgación de numerosas disposiciones y medidas de control. “El Gremi de Tintorers de Barcelona” se formó durante el siglo XIII, y alcanzó una verdadera personalidad corporativa al final del siglo XIV mediante el “privilegio de Joan I “ y durante el siglo XV con la creación de la cofradía de San Juan Bautista y San Mauricio. En 1497 se estableció el examen de maestría. Durante el siglo XVI se dictaron al menos doce ordenaciones sobre el tinte de los tejidos de lana, las disposiciones de Ferran II en 1510, y de Felipe III de Castilla en 1599. En los siglos XVII y XVIII, aumentaron las disposiciones municipales y reales. En Valencia, la corporación de Tintoreros, se perfila al final del siglo XIV, como cofradía de San Maur y se diversifica posteriormente en las de “tints majors i tints xics”.
En el año 1731, “el tintorers de llana” se unieron a los “tintorers de seda”, y constituyeron una corporación más prestigiosa y rica.
Otros Gremios de “tintorers de llana” en los “Paisos Catalans”, fueron los de Perpinyà siglo XIV, Mallorca 1691, Manresa 1592 y PollenÇa 1597.
Durante el siglo XVIII, el estado Español dictó varias ordenaciones generales para la industria del tinte, como las publicadas en el año 1757.
Joan Pau Canals en el año 1764, fue nombrado inspector general del tinte.
“Els tintorers de draps”, tuvieron una gran importancia en la industria tradicional, pero su incidencia fue menor en la nueva industria algodonera del siglo XVIII.
“El tintorer de seda”, daba tinte a los tejidos de seda y también a las telas de hilo y algodón. Su formación gremial, vinculada al desarrollo de la industria de la seda, se encuadra en el primer cuarto del siglo XVII.
En 1629-1624 se estableció el Gremi en Barcelona, y se rigieron por sucesivas ordenaciones de 1669 y 1739.
Otros gremios de “tintorers de seda”, se formaron en Reus (1777), y Manresa
(1767).Los “tintorers de seda”, tuvieron su mejor momento corporativo en el siglo XVIII. Durante la época de la Ilustración destacaron respectivamente en Valencia y Barcelona “els tintorers de seda” Luis Fernández, toledano al servicio de los cinco gremios mayores de Madrid, y Josep Vinyes, ambos colaboradores de Joan Pau Canals.