BARBOUR

Las planchadoras, Arte y Oficio

Las planchadoras, Arte y Oficio Las planchadoras, Arte y Oficio
Watch the video

DE PLANCHAS Y PINTORES

Buscaba un tema donde la maldad humana fuese la chispa conductora

Hasta que reptando al fondo de la vileza penetré en un espacio cuya perversión sería imposible superar.

Costaba distinguir aquella escena infernal. En un lóbrego rincón, la débil llama de una bujía dejaba adivinar la figura desvaída de una mujer flaca y amarillenta, cuyos hombros formaban un trapecio escaleno. Allí, casi sepultada por cestos de ropa repletos de prendas, aquel ser descoyuntaba su cuerpo oprimiendo con sus dos manos una plancha sobre la manga de una camisa.

El mundo que nos muestra Edgar Degás a menudo me ha parecido apagado, de entomólogo. Sus cuadros contienen estampas de un ocio que debería ser feliz, pero raramente transmiten otra cosa que tristeza. Sus bailarinas no disfrutan de la danza, la sufren. Casi siempre parecen agotadas o contracturadas. Todas, menos Rosita Mauri. Claro que esta Prima Ballerina Assoluta era de Reus y con una mujer de Reus no se acaba tan fácilmente.

 A las prostitutas les queda tal expresión de hastío que no te extraña verlas en otros cuadros hasta las cejas de absenta. Sus desnudos raramente son gozosos, jamás miran al espectador, hurtan el rostro, bajan la cabeza. Soporíferos. Si se peinan dan la sensación de meditar sobre el fatal destino que les espera. Si se asean no está claro si la acción es previa o posterior, lo único cierto es que su gesto parece anticipar un corte de venas.

Cuando retrata su clase social, raramente los modelos son bellos o felices, un gesto adusto se apodera de los personajes, enlutados y oprimidos por los márgenes del marco. Hasta los caballos se aburren en las telas de Degás.

En fin, un fiel modelo del Romanticismo en su acepción más lánguida.

 Por eso no me extrañó cuando, buscando imágenes de planchadoras me topé con la larga serie de mujeres en esa operación, a las que durante un tiempo Degás dedicó sus pinceles condenándolas a la postración.

Nada más aburrido, nada más odioso para un ama de casa, que la tarea de planchar. No me refiero a la persona sola que coge una blusita y con todo cuidado le plancha sus puntillitas. No. Estoy hablando de la tarea inhumana que acomete una madre sin ayuda, cuando se enfrenta a ese cesto de ropa provisto de un diabólico mecanismo reproductor donde los diferentes equipos de varios hijos, un marido y el ajuar de una casa, van multiplicándose hasta conformar un auténtico Museo de los Horrores. Atacar y vencer esa fortaleza es tarea vampírica muy capaz de ir chupando la energía de quien la realiza. Y ya no hablemos de quienes se ocupan de ella como profesión a tiempo completo.

Degás, ahí, se luce. Sus mujeres parecen ir desmoronándose, teniendo para mí la sospecha de que Munch pintó su Grito tras encontrarse cara a cara con una de ellas a la salida del taller, enloquecida, después de planchar doce horas seguidas. Con sólo rozarles su pincel, Degás las consume. Si alguna mujer, por error, le sale pimpante y lozana, no hay duda, en el cuadro siguiente ya estará a punto de arrojarse al Sena.

Ya los romanos, siempre tan hedonistas, evitaban la plancha cuando decoraban sus casas con frescos domésticos. Las matronas se maquillan, comen, pero nunca planchan. Gracias a Dios, en el siglo XVIII Louis Léopold Boilly rescata el tema dándole un punto de gracia, con Georges Morland lanzando varias miradas a otras tantas sirvientas que planchan vestidas y tocadas con esmero, o en el XIX, François Bonvin, Vladimir Makovsky y la pintora eslovena Ivana Kobilka, tratando el tema con la comprensión que se debe a un oficio tan duro dotándolo de una cierta poesía, se fijaron en su esfuerzo. Sin olvidar el brillo y alegre colorido del belga Rick Wouters, otro coetáneo que no pasó por alto a las planchadoras.

Picasso, justo entreabriendo el siglo XX, en 1904, se recrea en la pose buscada por Degás con diversas variaciones, recalcando una mano sobre otra. Fernando Balbuena nos dejaba en 1930 su visión de una bella mujer con gesto dolorido forzando la presión del hierro sobre la tela, tonos pastel en un óleo interesante. El cubano César Santos, en cambio, utiliza el sincretismo para mostrarnos en La Aparición su difícil alianza entre el Renacimiento, la fe y el humor, en un cuadro donde los géneros se trastocan.

La tarea doméstica sigue provocando desvaríos en nuestro siglo XXI. Con gran imaginación, la artista Marina Olmi se atrevió con un mito -y medio- en su serie de cuadros donde recreaba escenas cotidianas entre Evita Perón y Cristina Fernández de Kirchner. Uno de ellos con Evita planchando, aunque no sabemos si el cuadro en que la musa de Perón muestra su alegría de rojo a lo Bollywood, fue o no una instantánea tomada cuando acabó con la ropa. Renato Guttuso aporta la fuerza de la pintura social en otra obra donde su retina capta el cansancio del cuerpo desnudo entre el calor y la explotación.

Pero no nos quejemos por vicio, no todo va a ser derrotismo. El progreso nos ha traído la plancha eléctrica a vapor. Con ella a veces, si la tarea se dilata, la mente llega a un punto en que el oficio de planchar, con su vaho desprendiendo un olor delicado a jabón de Marsella con suavizantes y agua perfumada, puede ser capaz de generar un punto lisérgico que nos haga ver visiones. Reflejarte en el espejo como una pin-up de los años cincuenta, mientras un modelo de Versace, esclavo a tu servicio, procede a plancharte el vestido. O viceversa.

 

Ana Mª Ferrin

Ir a la página de la autora